jueves, 9 de marzo de 2017

Pozos de negrura de los que, más que incitarte, te arrastran al desastre.

Tiembla el suelo a tu alrededor y ya es inevitable. Encaminarte hacía el cementerio de ilusiones más grande de la ciudad, que repta bajo la conciencia de quién se atreve a caminar mirando al cielo, fue una de esas aficiones inconfesables, el pequeño secreto que empezaste a cultivar la primera vez que besaste unos labios en nombre de la rebeldía. 

Hay momentos mágicos que sólo pueden darse mientras el vagón te acuna, al abrirse las puertas o en una de esas eternas pausas en mitad de algún túnel. Miradas que te persiguen las entrañas y tejen telarañas entre tus peores mentiras. Ángeles caídos que sonríen primero y buscan motivos después. El reflejo triste que te devuelve el cristal después de 12 horas intentando salvar al mundo. Besos que rozan otras bocas pero siguen sabiendo a ti. Túneles de sombra. 

Próxima parada: Realidad. Final del trayecto.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Hay días que no pueden prometerte más cuando empiezan colgados del cielo, luchando el miedo al vacío desde la poderosa posición de cuerda de vida. Y sin embargo lo hacen, dibujan rectas eternas a ritmo de ti, del tonto puntaje de unos acordes que no terminas de entender. Y las rectas se convierten en delicadas curvas, y los acordes en risas, y el sol cae acompasándose a nuestras respiraciones, ralentizándose, como volviendo atrás en el tiempo. A aquellos otros días, dónde mi caricia preferida era sobre una página para seguir navegando otro mundo, dónde la ciudad se nos hacía de noche y la vista se nos nublaba de vida. Y llegamos, y entendemos que fácil es llamar hogar a una casa extraña cuando provocamos incendios en cada habitación.

Y, en algún momento, mientras bajas de nuevo unas escaleras que no recordabas haber pisado con tanto celo, cuando alguien prepara una de esas ensaladas, y quemamos los malos deseos en forma de leña, cuando las cervezas se comparten a sorbos, sin más dueño que la letra con la que le arrancan la chapa, y brindamos a golpe de miradas, y entre un mar de risas; en alguno de esos instantes una parte de ti reza para pausarlo y te dan ganas de caminar de puntillas, de respirar despacio, de hablar en susurros para no romperlo todo.

Luego, con los platos sucios y un cielo que no termina de nacer, nos tumbamos a planear el asesinato de la incertidumbre, y vamos matando poco a poco las incógnitas. Y me siento un poco suicida, con esta sinceridad tan imparable, mientras miro al cielo y nos imagino en cualquier otra parte, con cualquier otra noche sobre nosotros.

Siempre un poco parecidos a ese héroe que luchaba contra gigantes, un poco mágicos, caminando entre brazos de hierro que mueven el mundo.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Soy capaz de fracasar hasta los milagros. Y, aunque ya lo sabía, no había llegado a escribirlo todavía.

Pensaba que me sentaría bien el frío, cambiar tu boca y naufragar hacia otros océanos. Pero hay mares que me quedan grandes, miradas que me parecen océanos que descubrir en la noche y luego, luego estás tú que haces temblar a la tierra con tu sonrisa, que creas terremotos con tus caricias, con tus palabras volando de un país a otro. No hago más que flotar, nunca he hecho más que eso, esperar en la superficie, dejarme llevar y ahogarme en mi propio miedo cada vez que intentaba bucear hacia el fondo. Vivo arañando el escaparate de la vida que sueño, pero que no sé como alcanzar. Estoy perdida en este laberinto; donde en cada paso me atrapan más recuerdos, más errores, más suspiros de decepción; en fin, siento que mi única solución es fundirme con el Sol, ser Ícaro: desobediente y anárquico. Acercarme al sol que, por cierto, aquí ya ni existe y fundirme en él. Y que arda todo.  

Empezar de cero. Otra vez. Replay. Creí que ya me entendía, que ya me había encontrado y estaba a punto de echar el ancla. Pero mi vida tiene otros planes para mí, prefiere mentirme, hacerme tropezar y reírse de mis fracasos. Ya había escrito sobre esto, como una premonición de media tarde, yo ya me había descrito como un alma errante en busca del calor de algún rincón en una madrugada que no creía en la resurrección.


Buenos Aires se me derrite entre las manos después de perder el aliento en Praga. Sigo buscando al etéreo, el que sepa volar.

jueves, 10 de abril de 2014

"Cuando hace falta nunca retrasan los vuelos"

Era un lunes de café amargo sin azúcar, con un sol que no sé por qué cojones seguía brillando y con los niños correteando hacía la puerta de las escuelas como si nada terrible estuviese a punto de ocurrir. Y las maletas en la puerta. Yo no sabía que tu vida cabía en dos Samsonite y una bolsa de deporte, pero supongo que hasta las verdades te odiaban por marcharte y habían decidido vengarse en mi cabeza. 

Aquel día una sucursal de no sé qué empresa te robó esa mirada de niñato que ponías de vez en cuando, y a mí tus quejidos de media noche cuando solo quería comerte a besos una vez más. Nos robó el tiempo, y te lo cambió por un puñado de billetes que nos pagaban los pasajes a tu apartamento de alquiler y vinos baratos, pero que hacían crecer todo lo que nos debíamos.

Tampoco sabía que los kilómetros dolían tanto, pero lo aprendí dos semanas después de ver el avión perdiéndose en el azul de un cielo que parecía no tener nada que ver con nosotros, cuando cada baldosa de la calle me recordaba a tus pasos. En realidad a los kilómetros empecé a odiarlos mucho antes, cuando tú aún no me faltabas y yo ya sentía que algún día sobrarías, que esos silencios nuestros de dos segundos y un suspiro se alargarían hasta llenarnos las semanas de ausencias. Y qué jodido era tenerte y no sentirte, medirte a millones de años luz de nuestra habitación porque aquella noche apenas me habías rozado.

Ya no sé si esta historia va al revés, o nadie me enseño a contarla. Yo, decidí empezar por el nudo (el que se me hacía en la garganta cada vez que decidías mirar al cielo en lugar de a mis pupilas), deshacerme en el desenlace (de maletas y tarifas de Aeropuerto) y perderme en la que había sido la más maravillosa de las introducciones (al caos).

Pero si he de ser fiel a esos libros que siguen languideciendo en el garaje; entre botellas de algún reserva del 94, fotografías con rostros desnudos y los vestigios de una nochevieja inolvidable; lo cierto es que la suerte de buscar a otras me condujo a tu sonrisa. Y así empezó. Apostado en los escalones, perdido casi en el amanecer, pitillo en mano y risa ahogada con los colegas. Así es más o menos como te recuerdo, y como luego traté de olvidarte tantas y tantas veces.

Hasta que otra suerte, con sabor a vodka y besos genoveses, besos del sur, besos de andar más perdida que nunca, se cruzó en mi camino y me condujo a aquellos escalones. Ya no sé si era yo persiguiendo a las escaleras por esperar buscarte, o mi borrachera cansada de caminar por la pista, pero te juro que ya sólo me acordaba de tu cara. Y fue como encontrar aquello que llevabas toda la vida buscando, sin acordarnos ni de quiénes éramos, 20 minutos que todavía no entiendo cómo pudieron existir. Si supieras que esa noche seguí con el sabor del sur en los labios hasta que se hizo de día, que me caí intentando sentar las bases de aquella locura…que volví a casa sabiendo que definitivamente me habría perdido sin aquella coincidencia. Y que creí estar perdida durante un par de semanas más, hasta que vomité el orgullo, la sal, los sei bellissima anche dormiré y un par de cervezas.

Y desde entonces soy Alicia cayendo por la madriguera, sin saber nunca si estoy saliendo o hundiéndome aún más. Y creo que me has hecho tan grande, y me has empequeñecido tanto, como si fueses una de esas botellas, un pedazo de pastel o una seta gigante, que sin duda no sabría responder cuándo la Oruga Azul me preguntase quién soy. A veces, no sé si en sueños, respondes al nombre de Chesire, te paseas maullando por el borde de la piscina, me miras curioso y te evaporas cuando menos lo necesito, dejándome con un edificio cayendo a plomo sobre mi estómago.

Y así llego a las maletas y los billetes de avión, sin saber ni siquiera si piensas volar, o si te convertirás en otro vehículo más en la carretera. Sin saber ni siquiera si tienes una Samsonite (o dos), si piensas llevarlo todo en una bolsa de deporte o si vas a empaquetar hasta a la niña de tus ojos para que no se olvide de ti aunque estés lejos. El problema es que yo nunca he tenido un norte con el que guiarme, y desde que pude ver tu mandíbula tensándose a un par de centímetros de mí, se me ha clavado una brújula en el costado, y sólo sabe llevarme hasta ti.


172 centímetros de puro miedo a la deriva contando los días para que desaparezcas, sin ninguna despedida, esperando que huya contigo esta brújula mal polarizada, el dolor del pecho que me pide que lance una última carta y los días de correr hasta reventarme. Me he olvidado de todo aquello de tranvías a las 9, paseos hasta las esquinas y deportivos que no sé arrancar, porque entonces seguía perdiéndome en cada taconazo. 

Pero la esencia de todo aquello era andar buscándome, y no buscándote

miércoles, 2 de abril de 2014

Un sol de media tarde y nostalgias de café se filtraba por los cristales ennegrecidos de aquel palacio de hierro y piedra que había visto nacer todas las angustias de una juventud perdida entre la postguerra y las tardes de cerveza y cigarrillos.

A lo lejos sonaban unos dedos temblando sobre el acordeón, pantalones raídos y sonrisa de mala vida apostada en la primera farola de la avenida agradeciendo el par de monedas que volaban desde unas delicadas manos hasta su gorra.

Las delicadas manos volvían a perderse en los bolsillos de una chaqueta. Mirada al viento destilando ilusiones que comienza a pasearse por la ciudad. De repente, aquel esqueleto de cristales y ruinas, jardín de tierra muerta y candados oxidados alzándose entre la jungla de semáforos, prisas y frío de abril. Un temor sinsentido, de esos que a veces le atacaban en las mañanas, o segundos después de cerrar los ojos de cansancio un martes cualquiera, se apoderó de su mirada unos segundos. La luz verde parpadeando a unos metros, pasos inquietos y sí, a salvo, al otro lado de la avenida.

Arde de ira un funcionario enlatado en su 600, los semáforos vuelven a teñirse de rojo y no ha podido seguir adelante. Varias carpetas se acomodan en el asiento del copiloto, con maravillosas vistas a la guantera y a una ventanilla averiada desde el verano pasado. La voz cansina del locutor anuncia una subida de las temperaturas y el hombrecillo comienza a tamborilear sus dedos en el volante pensando en las tardes de playa.

Brisa marina que roza el cabello de una mujer caminando por la arena, piel curtida de años de espera y manos de crianza y redes. Se acerca a la orilla frunciendo unos labios que entienden más de besos que todos los niñatos a los que dejó atrás. Hace tiempo que olvidó cambiar la pila a su reloj de pulsera y con el tiempo lo fue olvidando todo, incluso al reloj.  


Manecillas congeladas en las 7 y media, cintura de acróbata y sonrisa de bruja abandonada. Melena insumisa jugando con los últimos rayos de sol. Último aviso del tranvía desde el puerto, risas que se pierden entre los raíles y unas manos que, fascinadas por una ciudad de hierro, brumas y orillas de sal y pérdida, vuelven a perderse en los bolsillos de una chaqueta.

jueves, 27 de marzo de 2014

Vivirnos siete veces como si fuésemos gatos, eso es lo que quiero. Pero, ¡Joder!

Creo que ya no me salen las cuentas de esta vida, que estoy en bancarrota existencial y sigo pensando en deslumbrar a París con tus besos cuando no puedo pagar ni un billete a Madrid, sigo con mis trenes y mis lunas vacías. Sigo sin saber muy bien en que estación bajar o si seguir aquí, abrazada a esta inexistencia tuya.
Sigo amaneciendo cada día fingiendo que me despiertan tus mensajes.

He vendido todos mis libros de poesía porque me sobra con la tuya. Porque no hay más corazón coraza que el tuyo, porque te susurraría cada noche aquello de que puedes contar conmigo (no hasta dos, o hasta diez, sino contar conmigo…), porque estoy convencida que eras aquello que esperaba mientras me quejaba de todo y fingía que no me importaba nada, porque reinventaría ese capítulo 7 con tu boca hasta hacerla desaparecer y por otros mil porqués que, en realidad, a ti no te interesan.

Todavía no sé si tengo que darte las gracias o aprender a odiarte por no hacerme escribir, por hacerme volver a ser lo que no sé si soy, por inundarme de dudas las avenidas, los autobuses y las calles . Aún no lo sé y, la verdad, espero no saberlo nunca.

No sé lo que pretendía hoy, tal vez demostrarme que este vicio de llenarme las manos de tinta no me lo quitará nadie, o simplemente mirar al techo después de todo y pensar que lo entenderás. O que no lo entenderás jamás, y que ese será nuestro misterio. Un pequeño cofre dinamitado por mis dudas y por esos miedos que te invaden sin saberlo, pero repleto de tu instinto suicida de media tarde, ese que me lleva a abrazarte en cada boca de metro que nos cruzamos.

Pues este será el único vicio que me guarde, todos los demás me los puedes arrancar a bocados, para que no se acerquen jamás a tu boca (otra vez), para que no tenga que vomitarlos con el sabor del vodka en los labios, para que no me toque creer que el error siempre era el mío.

Si quieres lanzamos una moneda, que luche mi suerte contra tu destino y ya verás cómo en un par de años se abren las puertas del metro, después de uno de esos días de mierda, de ojos vacíos y distancias estipuladas, de gritar a la rutina que sus trucos ya no engañan a nadie…y aparezco yo, con las mismas ojeras de pensarte y con Marea sonando en mis auriculares. Y volveremos a tener esta guerra, y volverá a ganar mi suerte, mi cita sin fecha ni lugar, mis dados lanzados entre risas, mis impulsos locos por coger el de y 7 y no el de y 10, volverá a ganar todo eso contra tu destino de escaleras y anfiteatros de locura, tus cervezas frías y cenizas al viento, tu manía de pensarlo todo y tus esquemas irrompibles.


Y entonces sí, tal vez, vuelva a comprarme todos esos libros para que tú también entiendas todo lo de mis verbos y tus versos.

domingo, 26 de enero de 2014

Fer com si no ens coneguéssim, trepitjar cristalls.

I, de vegades, trobar-nos en un cantó, com si l’ultima vegada, en aquell sospir, ens haguéssim donat cita a aquest carrer, i mirar-nos els somnis i les lluites perdudes al color dels ulls.
Aquell blau batalla dels dies grisos, de estar cansada de cridar que pareix que ells ja han oblidat que la pedra guanya sempre a la tisora.

La mel barallant-se amb el café darrere de les teues pupil·les, i tu lluitant contra tu mateixa dins un túnel, entre Colón i Xàtiva.

No se res de geografia, de mapes. Mai els he entès, però tinc la millor brúixola del mon amagada dins del cor i ella sap perdre’m fins a creuar les torres de Quart, fer-me baixar del metro i trobar un baret on sona Fito i sempre es de nit, i les cerveses es serveixen fredes i amb un somriure i, de vegades, també amb braves, o portar-me a vore la millor posta de sol de tota València, a dos carrers de casa.


Però tornant a allò de les batalles, hi ha una cosa que encara no hem fet, tu i jo. Fugir junts, córrer cap a enlloc ofegats en riures i crits. I, no se, potser després de tants dies de merda, d’amagar-se, d’elegir, d’una banda sonora que ja no és Edith Piaf , desprès de tot allò que ja hem fet: la platja, les nits, el concert al pati del costat, tot allò, recordes?. Potser, ara si, només ens queda córrer i fugir.
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