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Algunos dicen que estábamos viviendo en un mundo roto. Yo siempre creí que estábamos viviendo en la herida, que la íbamos cerrando a cada paso, que sin saber como estábamos curando todo lo enfermo. Estas calles que nos acechan siempre fueron hogar, un mapa en el que trazar todos los caminos: las ruinas de Roma, palacios de cristal, islas de arena, otra señal. Creí que ese virus de verte y sentirme pequeña sería lo peor a lo que tendría que enfrentarme. Que los miedos que me escribías con tus manos en cada caricia, con cada susurro sobre infiernos y fantasmas, iban a ser los únicos que me perseguirían en las noches de verano. Creí que era pandemia cada vez que te lanzaba a un pogo, cuando nos faltaba el aire en las calles de piedra, que yo iba a ser tu enfermedad hasta que te cansaras de sacarme sonrisas con los ojos morados de otros besos. Y no al revés. Creí que guerra era escribirte Ideario  en una servilleta mientras esperábamos que nos sirvieran la cena, y que tu lo leye...

Precipicios compartidos

Estaba convencida de que cuando se marchó, se llevó con él todo lo que jamás le había pertenecido. Aquella camisa deshilachada que ella había comprado antes de todo aquel huracán; sus susurros más honestos, atrapados para siempre en un colgante que estará olvidado en una habitación en la que ya no pintaremos más universos mientras nos miramos; y la idea terrible de que los verbos rozan el crimen siempre que se conjugan en plural. Y en su maleta de hurtos deliberados, entre la carrera al aeropuerto en su último cumpleaños y la certeza de un ojalá, guardó también un pequeño cuaderno lleno de historias que nadie comprenderá jamás.  Historias de maleficios, en las que sólo supe escribir sobre el miedo, la noche y los muertos, porque adoraba ver como brillaba la luna en los versos frenéticos que la asaltaban al amanecer. Aquellas historias eran la triste profecía de su existencia y me cuesta no sonreír; como sonreiría la Maga de Cortázar, convencida como yo de que un encuentro casu...

Pozos de negrura de los que, más que incitarte, te arrastran al desastre.

Tiembla el suelo a tu alrededor y ya es inevitable. Encaminarte hacía el cementerio de ilusiones más grande de la ciudad, que repta bajo la conciencia de quién se atreve a caminar mirando al cielo, fue una de esas aficiones inconfesables, el pequeño secreto que empezaste a cultivar la primera vez que besaste unos labios en nombre de la rebeldía.  Hay momentos mágicos que sólo pueden darse mientras el vagón te acuna, al abrirse las puertas o en una de esas eternas pausas en mitad de algún túnel. Miradas que te persiguen las entrañas y tejen telarañas entre tus peores mentiras. Ángeles caídos que sonríen primero y buscan motivos después. El reflejo triste que te devuelve el cristal después de 12 horas intentando salvar al mundo. Besos que rozan otras bocas pero siguen sabiendo a ti. Túneles de sombra.  Próxima parada: Realidad. Final del trayecto.
Hay días que no pueden prometerte más cuando empiezan colgados del cielo, luchando el miedo al vacío desde la poderosa posición de cuerda de vida. Y sin embargo lo hacen, dibujan rectas eternas a ritmo de ti, del tonto puntaje de unos acordes que no terminas de entender. Y las rectas se convierten en delicadas curvas, y los acordes en risas, y el sol cae acompasándose a nuestras respiraciones, ralentizándose, como volviendo atrás en el tiempo. A aquellos otros días, dónde mi caricia preferida era sobre una página para seguir navegando otro mundo, dónde la ciudad se nos hacía de noche y la vista se nos nublaba de vida. Y llegamos, y entendemos que fácil es llamar hogar a una casa extraña cuando provocamos incendios en cada habitación. Y, en algún momento, mientras bajas de nuevo unas escaleras que no recordabas haber pisado con tanto celo, cuando alguien prepara una de esas ensaladas, y quemamos los malos deseos en forma de leña, cuando las cervezas se comparten a sorbos, sin más dueñ...
Soy capaz de fracasar hasta los milagros . Y, aunque ya lo sabía, no había llegado a escribirlo todavía. Pensaba que me sentaría bien el frío, cambiar tu boca y naufragar hacia otros océanos. Pero hay mares que me quedan grandes, miradas que me parecen océanos que descubrir en la noche y luego, luego estás tú que haces temblar a la tierra con tu sonrisa, que creas terremotos con tus caricias, con tus palabras volando de un país a otro. No hago más que flotar, nunca he hecho más que eso, esperar en la superficie, dejarme llevar y ahogarme en mi propio miedo cada vez que intentaba bucear hacia el fondo. Vivo arañando el escaparate de la vida que sueño, pero que no sé como alcanzar. Estoy perdida en este laberinto; donde en cada paso me atrapan más recuerdos, más errores, más suspiros de decepción; en fin, siento que mi única solución es fundirme con el Sol, ser Ícaro: desobediente y anárquico. Acercarme al sol que, por cierto, aquí ya ni existe y fundirme en él. Y que arda todo. ...

"Cuando hace falta nunca retrasan los vuelos"

Era un lunes de café amargo sin azúcar, con un sol que no sé por qué cojones seguía brillando y con los niños correteando hacía la puerta de las escuelas como si nada terrible estuviese a punto de ocurrir. Y las maletas en la puerta. Yo no sabía que tu vida cabía en dos Samsonite y una bolsa de deporte, pero supongo que hasta las verdades te odiaban por marcharte y habían decidido vengarse en mi cabeza.  Aquel día una sucursal de no sé qué empresa te robó esa mirada de niñato que ponías de vez en cuando, y a mí tus quejidos de media noche cuando solo quería comerte a besos una vez más. Nos robó el tiempo, y te lo cambió por un puñado de billetes que nos pagaban los pasajes a tu apartamento de alquiler y vinos baratos, pero que hacían crecer todo lo que nos debíamos. Tampoco sabía que los kilómetros dolían tanto, pero lo aprendí dos semanas después de ver el avión perdiéndose en el azul de un cielo que parecía no tener nada que ver con nosotros, cuando cada baldosa de la ca...
Un sol de media tarde y nostalgias de café se filtraba por los cristales ennegrecidos de aquel palacio de hierro y piedra que había visto nacer todas las angustias de una juventud perdida entre la postguerra y las tardes de cerveza y cigarrillos. A lo lejos sonaban unos dedos temblando sobre el acordeón, pantalones raídos y sonrisa de mala vida apostada en la primera farola de la avenida agradeciendo el par de monedas que volaban desde unas delicadas manos hasta su gorra. Las delicadas manos volvían a perderse en los bolsillos de una chaqueta. Mirada al viento destilando ilusiones que comienza a pasearse por la ciudad. De repente, aquel esqueleto de cristales y ruinas, jardín de tierra muerta y candados oxidados alzándose entre la jungla de semáforos, prisas y frío de abril. Un temor sinsentido, de esos que a veces le atacaban en las mañanas, o segundos después de cerrar los ojos de cansancio un martes cualquiera, se apoderó de su mirada unos segundos. La luz verde parpadeando...