Equinox

 Sigo esperando la catarsis. Lo trascendental.

Veo sus palabras formándose en el aire y estoy lejos, en una vida que me va bailando por detrás de las pupilas.

Lo rozo todo con la punta de los dedos.

Es un sueño premonitorio. Yo ya sé lo que su boca no dice e intento arrancarle, con la punta de la lengua, con bocados rigurosos, la verdad que se ha escondido en la garganta.

Me miro las manos. Me cuento los dedos y me digo que son pocos para una cintura con tanta ambición. Se me llena la boca de orgasmos: de los buenos, de los que fingí, de aquellos en los que me embarco en un suspiro, a quemarropa.

Le miro las manos y cuento. Sus dedos tampoco me bastan. Sus dedos que quieren abarcarlo todo y no saben tocarme. Sus dedos que mienten. Sus dedos tampoco van a poder sujetarme los miedos, los sueños, las dudas. Sus dedos, no quieren.

Mis dedos sí. Aunque sean pocos, aunque sólo tenga dos manos para abrazarme las costillas. Mis dedos recorren como si fuera la primera vez este cuerpo cansado del exilio autoimpuesto; mis dedos se conocen mis mentiras como un laberinto a oscuras que han recorrido miles de veces. De memoria, tocan las grietas que ya no quería pisar de niña, hurgan en las heridas en las que no he querido verme, lo palpan todo y esta vez yo no aparto la mirada.

Ahora sí, he venido a mirarme. A curiosear con ojos de gata callejera estos agujeros de bala, a lamerlos sin desprecio, con cuidado. A sacudirme al salir del agua la sal que me sobra. A contar y contarme las vivencias como cuentos antes de dormir. Contárselos a todas las que quieran escuchar porque así mis historias se hacen fuego, se convierten en dragones.

Cierro los ojos y pienso sólo en el calor que las yemas de mis dedos emanan al abrazarme el deseo. Y qué locura cuando los dedos de una bastan para sanar al mundo.

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